He llorado...
Por cierto que no lloro por las borrosas huellas
de un desierto y vacío paraje,
y tampoco me aflige un gran amor difunto,
ni un cruel exilio lejos de mi bienamada;
pero las tradiciones que nos han expuesto
los Piadosos Compañeros de nuestro gran Profeta
han hecho correr mis lágrimas,
y éstas se apiñaron resbalando por mi garganta.

Por esas tradiciones el vino está vedado.
Y, desde entonces, hasta nosotros
esta prohibición llega.
Puesto que está condenado,
es por la suerte del vino que hoy lloro.

Y lo bebo puro, sabiendo que muy pronto
seré castigado por el pecado cometido,
y los azotes, ochenta precisamente,
lloverán sobre mi espalda.

Abu-Tamman, siglo IX